CRÓNICA DE CÓMO TRANSCURRE EL DÍA EN UN CAMPAMENTO QUE CRECE CON EL PASO DE LAS HORAS

Guinguinbali.com

LAURA GALLEGO

Enviada especial a El Aaiún | 29/10/2010
El próximo domingo el campamento de Gdeim Izik cumplirá 21 días. Y eso alimenta en las últimas horas la esperanza de algunos de sus miembros. 21 días es el plazo fijado por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados para considerar como tales a los protagonistas de un asentamiento como el que han levantado los saharauis a las afueras del Aaiún.

Otros no confían en que esta Agencia, lo digan o no sus estatutos, vaya a hacer acto de presencia. Pero después del domingo, si no es esa, encontrarán otra ilusión a la que aferrarse, ya que la falta de alimentos, agua y medicinas complica cada vez más su estancia. Y de momento, siguen optando por poner al mal tiempo, buena cara.

De hecho, como parte de ese sistema de organización interna que perfeccionan cada día, ayer comenzaron a elaborar un censo. Refugiados en una jaima, en las horas que el sol castiga con mayor dureza, un grupo del comité encargado de ello hace recuento de las fotocopias de los documentos de identidad que ya han recolectado. Mientras comparten un té, explican que nada tiene que ver con ese famoso censo que Marruecos ha requerido en las dos ocasiones que se ha sentado a negociar con los representantes de Gdeim Izik. Éste es un asunto interno, para poder calcular mejor las necesidades o el reparto de los víveres.

La aclaración no es baladí. Hoy llego la noticia de que el Ministro de Asuntos Exteriores marroquí ha declarado que las conversaciones se encuentran en un estado “muy avanzado”, pero cuando corremos a comprobarlo, nos topamos con la indignación del comité encargado de las negociaciones, que no se ha movido del campamento desde hace tres días, cuando rechazó la petición sobre el censo.

Además de negar rotundamente la afirmación del Ministro, insisten en su mensaje de que “no habrá negociación bajo bloqueo”. Y el bloqueo, hasta la fecha, no hace sino endurecerse. Por la mañana, varios ancianos paseaban preocupados en torno a la enfermería: no hay nada para los diabéticos, para los asmáticos. Apenas una caja de zapatos con algunos medicamentos para dolores leves y para curar las heridas de los que siguen llegando con marcas de golpes de los policías y militares que cercan el campamento. La comida, muy repartida, aún alcanza, pero el agua empieza a ser un bien preciado. Incluida la del pozo que apenas permiten rellenar y que ni siquiera es de supervivencia, sino para lavar la loza y realizar el aseo personal.

“Y el bloqueo informativo” apunta siempre uno de los militantes, Asfari Annaama. La entrada a los periodistas sigue firmemente vetada, y parece que, por temor a que se cuelen, el control es cada vez mas férreo: descubrir las caras, enseñar papeles: y todo para que aún así, en demasiadas ocasiones les nieguen el paso a los propios saharauis. Por eso muchos tienen ya miedo de intentar regresar a la ciudad. Si, no miedo a ese asedio cada vez más asfixiante. Lo que les preocupa es no poder volver a entrar en el campamento. Porque hoy por hoy, es aquí donde se sienten libres. Así que optan por quedarse.

De hecho, la mayoría de los que consiguen acceder deben ser nuevos, porque en los últimos dos días volvió a crecer este nido de jaimas, y ya ha quedado inaugurado el distrito número seis. De momento, no tienen nombre, pero cada uno dispone de su propia oficina, que se encarga de informar a su sector de lo que sea menester. Y nos percatamos de ese crecimiento porque, frente a la sensación repentina de que los militares habían avanzado varios metros, un residente nos aclara: “¡No no! están donde siempre, el que se movió es el campamento, llegaron más jaimas”.

Lo cierto es que cuando cae el sol, y la temperatura empieza a aflojar, la gente sale a pasear y a visitar a otras familias, amigos, o incluso a echarse una partidita de dominó a la luz de las velas y con una buena bandeja por tablero, y la sensación, cada vez mayor, es de poblado. De estar paseando por las calles de un pueblo, si se quiere, y no tanto simplemente entre jaimas.

En esos ratos es también cuando se alimentan debates como el asunto del ACNUR; para algunos, dentro de dos días, todos los saharauis que se han exiliado en este campamento -hartos, dicen, de que no se respeten sus derechos, de ver cómo en cuestiones como la vivienda o el empleo, por poner sólo dos ejemplos, son “ciudadanos de segunda”- serán refugiados; y la ONU estará obligada a intervenir, y al menos, atender sus necesidades humanitarias.

Otros apuntan que, sea justo o no, Marruecos tendría para ello que dar su autorización, y eso no va a suceder. Y a otros les da igual que sea el ACNUR, España, Francia o la Cruz Roja, solo piden que no les olviden, que escuchen sus reivindicaciones. Esas que ahora han trasladado al desierto, donde una cúpula de estrellas de una hermosura indescriptible vela sus sueños; “Aunque aquí dormimos con un ojo abierto, que uno no sabe cómo va a amanecer, con todos esos militares alrededor” farfulla una mujer.

Y sí. Pero ahora al menos, por ese ojo, ven ese cielo que sólo regala el desierto.

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